CONTIGO NO, BICHO

CONTIGO NO, BICHO

                Era una ronda intermedia, acercándonos ya a la fase final, de un prestigioso torneo de verano en plenos pirineos oscenses. Hablamos, sin duda, de Benasque.

Con suma sangre fría, uno de los muchos jóvenes Maestros Internacionales que se encuentran disputando el torneo, en una mesa cercana, aunque no incluida en la zona noble, alza su mano para realizar una reclamación. Acudo a su llamada, pese a que esa zona en un principio no me tocaba, al encontrarse mi compañero atendiendo otra partida que reclamaba su presencia, algo relativamente habitual al comienzo de cada ronda. Y allí que voy, con ganas de saber qué narices puede suceder con menos de un minuto de juego disputado.

Compruebo en primer lugar que el reclamante actúa de forma correcta: está en su turno juego, y reclama una supuesta acción antirreglamentaria de su rival. En cuanto escucho la explicación de lo sucedido, no tenía claro si se trataba de una broma o iba en serio. Pero al ver la cara de su rival, con una cara tal que así (ver foto), empecé a asumir que la cosa iba en serio.

Montaje de Circolo Scacchistico Pistoiese en un vídeo
 sobre Alexander Grischuk, que se sentó donde no tocaba
en el torneo blitz de Aeroflot, en 2013

“¿Y qué reclamó?”, os preguntaréis. Pues bien, ahí va la explicación: el jugador reclamante, con piezas negras, reclama (valga la redundancia) que su rival en la jugada en dos, antes de realizar la jugada Ac4, toca el rey sin decir compongo, y por tanto, quiere que le obligue a jugar el rey (la partida hasta este momento se transcribe de la siguiente manera: 1.e4 e5, quedando en duda por parte del negro que el blanco pueda jugar 2.Ac4). Mi siguiente pregunta fue inmediata al rival: “¿cuál es su versión de lo sucedido?”.

Es entonces cuando, tras un pequeño compás de espera, el jugador con piezas blancas intenta hablar, pero no puede del shock, se limpia los litros de sudor que corren por toda su cara, y bebe agua tratando de recuperar un aliento que le había abandonado. A continuación, explica lo sucedido con todo detalle y humildad: “el rey estaba mal colocado, lo coloco correctamente como así lo hago ver aunque no digo compongo. Después, entendiendo que mi rival sabía que estaba colocando bien el rey, decido jugar Ac4”. Y es en este punto donde llegamos a una de las muchas paradojas y disyuntivas que nos presentan las Leyes del Ajedrez, que son más complicadas de lo que nos podemos creer.

                Por resumir, existe la opción fácil: en aplicación del artículo 4.2.1 que cita lo siguiente: “Solo el jugador que está en juego puede ajustar una o más piezas en sus casillas siempre que previamente exprese su intención de hacerlo (por ejemplo, diciendo "j'adoube" o "compongo")”, y el 4.2.2: "Cualquier otro contacto físico con una pieza, excepto si es claramente accidental, se considerará intencionado", tiene la obligación de jugar el rey, aplicando además cualquiera de las sanciones recogidas en el artículo 12.9, pareciendo lo más lógico algo comprendido entre una amonestación (12.9.1) o la concesión de dos minutos al reclamante (12.9.2).

Pero yo no soy así. No me conformo con encontrar una opción que esté avalada por el reglamento, ya que las Leyes del Ajedrez "no pueden abarcar todas las situaciones posibles que pueden surgir durante una partida", y teniendo en cuenta que las Leyes presuponen a los árbitros "competencia, recto juicio y absoluta objetividad", es conveniente recordar que "una reglamentación excesivamente detallada podría privar al árbitro de su libertad de criterio e impedirle hallar una solución a un problema, guiada por la ecuanimidad, la lógica y la consideración de factores especiales, como bien cita el prólogo. Por eso me gusta llegar hasta el final. Muchas veces no se puede, pero siempre me quedará la certeza de que, si no he profundizado hasta el fondo del asunto, me he quedado lo más cerca posible. Por eso le digo al reclamante: “¿estás de acuerdo con que al tocar el rey su intención era la de colocar una pieza mal colocada?”. Y me dice: “puede ser, porque el rey estaba un poco salido de su casilla, pero lo ha tocado sin decir compongo y tienes que hacer que lo mueva.

He de reconocer que me vuelvo un poco terco cuando me dan órdenes sin una jerarquía estructurada de por medio, y eso me hacer ser un poco hostil respecto a la persona que me dice lo que tengo que hacer, cuando no está en situación de hacerlo (en este caso, como mucho, es al revés). Pero con todo y con eso, a día de hoy, estoy convencido de que mi decisión fue la correcta: mantener como válida la jugada 2.Ac4, advirtiendo al blanco de que no basta con gesticular para mostrar su intención de componer las piezas, sino que además debe decirlo y si a la próxima no lo hace nos veremos en la obligación de hacerle mover la pieza que toque previamente. También advertí al negro de que, aunque simplificando al máximo la situación tiene razón, su conducta puede llegar a considerarse antideportiva, ya que conoce perfectamente la intención de componer el rey por parte de su rival aunque por así decirlo haya cometido un “defecto de forma”, y está tratando de sacar provecho de ello pese a que la acción del jugador blanco no le ha sido perjudicial en ningún momento, más bien trata de sacar ventaja posteriormente.

                Mi intervención acaba ahí, y aunque dudé, finalmente no le di los dos minutos al reclamante debido a su conducta, que como he indicado, para mi roza la antideportividad. Le explico lo sucedido al Árbitro Principal, que está de acuerdo con la decisión tomada. Y hasta aquí todo normal, y una simple anécdota. Pero no, no acaba aquí, claro. Aún nos falta dar sentido al título de este artículo.

Dos rondas más tarde, nos encontramos con el mismo protagonista realizando una reclamación, escasos diez segundos después de que se diera el “microfonazo” de salida a la ronda ocho del torneo. Acudo yo, porque es mi zona (esta vez sí). Mientras llego veo que la reclamación se hace de manera correcta: el reclamante, con piezas negras, está en su turno de juego. En el momento que me sitúo a la altura de la mesa, dice el reclamante: “no, tú no, que venga otro árbitro”. ¡Y ahí lo tenéis! Ese es el motivo del título del artículo. Me sentí como el protagonista de aquel famoso vídeo y aquella famosa frase: “¡Contigo no, bicho!”



Utilizando mis dotes de teleoperador, que durante algunos años ha sido mi profesión, le dije sin cortarme que estaba en mi zona, y por tanto debía atender yo la reclamación. Seguro que alguno de mis antiguos compañeros de trabajo os ha dicho alguna vez eso de “sintiéndolo mucho no puedo transferirle con nadie, y seré yo su asesor en esta llamada”, que aunque en el mundo de las telecomunicaciones viene a ser algo así como “lo siento, no tengo ni idea de resolver lo que me dices, pero no me dejan transferirte, por lo que vas a tener que colgarme mientras le doy vueltas a la llamada y te quedas sin que te resuelva los problemas”, en este caso concreto, el de la reclamación de la partida, el hilo conductor de fondo tenía unas indirectas mucho más claras: “quieres que venga otro compañero para que te diga lo que quieres oír, y no lo que yo voy a decirte”. Es como tener un menú cerrado y querer, porque quieres, hacer un cambio durante el servicio, sin que la comida esté mal hecha ni exista ningún problema con el camarero (o eso creo yo…) y poner algo diferente. Un plato diferente de la carta, un arbitraje a la carta, para satisfacer nuestras necesidades manteniendo, por supuesto, el mismo coste.

Pero al igual que en esa situación ficticia acaba acudiendo el jefe de cocina o el dueño del restaurante por enquistamiento entre el cliente y el camarero, aquí la única solución posible para continuar con un diálogo sin tomar decisiones drásticas (no estoy hablando de política) es que acuda el Árbitro Principal, que advertido ya por lo sucedido dos rondas antes, y divisando lo sucedido desde la distancia hasta que decido solicitar su presencia, escucha con atención lo que el joven jugador le dice: “mi rival ha tocado muchas piezas, comenzando por el peón de b, y su jugada no ha sido con el peón de b”.

                No seré reincidente, a diferencia del protagonista, explicando cuál fue la decisión tomada. Pero podemos resumirlo con un “estimado cliente, lamentamos que ahora mismo no quiera pollo, aunque fuera lo que nos encargó en el menú cerrado que nos pidió antes de ayer, pero es lo único que nos queda. Para compensarle, si quiere, podemos ponerle dos piezas. En caso contrario, pulse uno o espere instrucciones…”.

Y por supuesto, esto genera discusión y debate: ¿será cierto que solo tienen pollo o en realidad les quedaba algo más y podían haberle cambiado el plato? ¿por qué no aceptó el pollo cuando era un plato que ya tenía claro desde dos días antes?.

A mi lo que me queda claro es que Chewbacca, la bestia parda”, se atrevió a decir “contigo no, bicho”.
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About Ramón García Pérez

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6 comentarios :

  1. Muy buena anécdota Ramón...
    Estoy seguro que el reclamante antes de ir a un torneo preguntará por el árbitro jajaja...
    No sé si he leído bien, ¿el reclamante era maestro internacional?
    Ay Dios, esto se va de madre...
    Saludos

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  2. Gracias Juan.

    Has leído bien: Maestro Internacional, y además joven jugador.

    Un saludo.

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  3. En todo caso pudo haberse tratado hasta de un GM, pero esto no es aval para reclamaciones acertadas o equivocadas en el ajedrez (sobre todo a sabiendas que muchos adelantados jugadores descnocen mucho de las reglas FIDE). Al igual que un árbitro provincial o regional debe conocer el reglamento de ajedrez o sus leyes, un árbitro internacional tiene el mismo deber, así mismo un bisoño jugador debe conocerse los entuertos de las leyes FIDE para torneo, como lo conoce uno de rango superior. No existe un reglamento para los que juegan bien y otro para los que juegan mal. Creo importantísima la opinión de Ramón en el sentido de profundizar en la esencia o filosofía del reglamento, más que apegarse a articulados estrictos e inconexos los cuales pueden ser motivo de cambios con el transcurrir de las experiencias del juego propio y las necesidades deontológicas de las épocas, más aún privatorios del sentido común y crítico del buen árbitro.

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  4. Gracias por tu opinión y aportación, José. Un saludo.

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  5. El espíritu deportivo o Fair Play no es precisamente muy brillante. La aplicación de las Leyes de Ajedrez de forma estricta, algunas veces entronca con el sentido común. Las ultimas de como se deben jugar las piezas es una que algunos se han tomado al pie de la letra. Y aunque con razón, no ven que hay situaciones de excepción...pero erre que erre.
    Hay jugadores que son torpecillos, tienen accidentes al mover y/o colocarlas, se olvidan del reloj y lo dan a destiempo pero sin maldad alguna. El arbitro, sobre todo los que llevan años, saben interpretar cuando algo es intencionado o accidentes.

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